Archivo mensual: diciembre 2012

“Minúsculos Placeres Terrenales…”

< ¿A que viene esto ahora?>

He venido preguntándomelo también durante todo este último año, y pues, aún no puedo dar respuesta a tamaño cuestionamiento [Yo me entiendo, y creo que alguien más también podrá hacerlo]

He podido darme cuenta de los cuantiosos errores que una persona cualquiera, así, común y corriente como la que escribe estas líneas, puede llegar a cometer por el simple hecho de no tener más remedio dentro de su banal, apócrifa, inexplicable y por supuesto inentendible existencia. Y es que son tales errores, que nos llenamos la cabeza por intentar remediarlos, por querer colocar el parchecito, la curita en tu rodilla raspada a los siete años, cuando en verdad muchas veces, ya es difícil enmendarlos, o hasta imposible e inútil.

La existencia es tan cruel, tan traicionera, tan fugaz como las estrellas de turno en una ciudad como esta. Todo debería ser más tranquilo, más fácil, más sencillo, más simple, en general.

Tan simple como todas esas pequeñas cosas, situaciones, experiencias, memorias y demás, que dejamos atrás, que olvidamos, a las cuales guardamos en un cajón y nos tragamos la llave, por el simple hecho de ser así, simples, y nada más, sin aparente importancia alguna.

Aquellos minúsculos placeres terrenales, que ya no nos damos la molestia de contemplar…

Aquella taza de café en la mañana, o esos cinco minutos de más antes de levantarse. El mirarse al espejo y darse cuenta del color de tus ojos y que crecido que uno tiene el bigote. Una ducha de agua caliente, el agua fluyendo por el cuerpo. El dar un paso al exterior y sentir el frío penetrando a través de las ropas, aquellas gotas interminables de lluvia en el rostro, de nunca acabar.

Cerrar los ojos e imaginar lo que más se desea, una buena conversación con alguna persona interesante, una película en el cine, un helado de vainilla y lúcuma al medio día, un cigarrillo por la tarde, otro por la noche. Apagar las luces, intentar dormir, darte cuenta por milésima vez que sufres de insomnio, conocer de memoria el techo de la habitación, y la suavidad de tu almohada.

“Ningún otro cielo en la tierra, cruzó la cara al sí y al no, dejando condena y cadenas, del lado opuesto a la razón…” #Héroes del Silencio

Imaginarle un beso en la mejilla, y otro en los labios, el olor de su perfume, y el de su piel sin el. Observarla sin parar día tras día, y no poder decir más que un hola, llenarla de poemas, que jamás escuchará. Creer que el tiempo pasa, pero que se detiene a su lado, añorar un mundo con ella, y solo tener unas cuantas horas.

Perforarte los oídos de buena música, y los ojos con arte. Leer “El Tunel” de Sabato por la mañana y “Solo Para Fumadores” de Ribeyro a la tarde. Algunos poemas de Vallejo en el instante más inoportuno y a “Rayuela” de Cortazar, cuando se cuenta con bastante tiempo libre.

Los pensamientos más raros pegado a la ventana de algún bus en el transporte publico. Ver los edificios pasar, las luces, los carteles, las personas, una tras otra. Saberse los nombres de las paradas de memoria, y el cementerio de boletos en cada una de ellas, cerrar los ojos, y dormitar en la travesía.

Rostros sonrientes, otros no tanto, enamorarse un par de veces cada veinte minutos, decepcionarse amorosamente entre una y otra, darse cuenta que jamás volverás a ver a ese amor fugaz, saber que no es tan malo, y enamorarse una vez más.

Escuchar poesía en algún teatro escondido, beber un par de cervezas en el más putrefacto bar Miraflorino, andar a paso lento por el malecón de Barranco, observar el mar y su infinito, perder la mirada en el ocaso… y otro cigarrillo imposible.

Intentar redimir tus pasos, pies descalzos en la arena, junto al agua que se lleva tus huellas, y las regresa al eterno olvidado. La brisa del mar que golpea fuerte, estrellando sus formas en las rocas, aullando un viene y va perdido en la atmosfera, queriendo ir y venir, sin poder decidirse por alguno.

Subirse a un avión y literalmente volar, captar las nubes e intentar darles forma, aterrizar en el lugar bastante conocido, estar feliz de retornar. Escuchar su voz una vez más, volver a ver a tu madre después de unos meses, dar paseos nocturnos por los barrios de San Blas y San Cristobal, beber chocolate caliente en el café Ayllu y un pie de manzana para acompañar.

Re encontrarse con los viejos amigos, y también con los que no tanto, saber que no hay mejor lugar, pero que en el ya sólo de visita se puede estar. Volver a volar y regresar a la rutina, volver a verse abrumado por el calor insoportable, el ruido, la velocidad, la perturbarte vida, la gigantesca y horrible ciudad.

Amar la soledad a cada instante, mejor sensación no hay. Todo mejorara, con el tiempo, poco a poco te acostumbrarás. Ya todo no es tan malo, es un precio justo por el que hay que pagar.

Repetirse una tras otra, tras otra vez estas palabras, intentar darle el sentido que no tienen, hacerse a la idea, que significan algo… Volver a dormitar.

El último cigarrillo de la cajetilla… Todo debería ser así de simple…

 

“Simpleza… Como aquellas pequeñas cosas,

Las cosas que hace ya bastante olvidamos,

Y que olvidamos, cuando se nos fueron de las manos…”

Tranquilidad

“Simpleza… Nada más, y nada menos…”

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